DEMASIADO DESIGUALES, TAMBIÉN FRENTE AL PLATO

(Versión extendida del artículo originalmente publicado en El Diario.es el pasado 8 de Abril.)

Antiguamente, entre los más privilegiados de la sociedad, estaba de moda tener la piel lo más blanca posible para no parecerse a los labradores, que al trabajar al aire libre solían tener más color. Pero no sólo tenían esa absurda moda elitista, también renegaban de los productos de la tierra, los consumidos habitualmente por el campesino; verduras, legumbres, frutas y cereales que cambiaban por productos de caza, carnes de todo tipo, también mucho alcohol y dulces. Así terminaban algunos con gota sin poder ni moverse.

Hoy en día se ha dado la vuelta la tortilla; Estar moreno, incluso con rayos UVA artificiales, se asocia con mejor aspecto y son las clases acomodadas las que consumen más los productos de la antigua huerta así como harinas o cereales integrales (que son bastante más recomendables). Son asiduos a la información sobre bienestar y hábitos saludables, tienen tiempo para cocinar y hacer la compra, o tienen a alguien que lo hace por ellos.
M
ientras, el nuevo precariado, cada vez más pálido encerrado en casa o en el centro de trabajo, consume masivamente la chatarra ultra-procesada hiper-sabrosa y calórica, a la que tan acostumbrado está su paladar y su imaginario bombardeado por la publicidad desde niños. Adicionalmente, el poco tiempo libre que hay no permite planificar la compra ni los menús y estos productos tienen un precio que encaja en los bolsillos más castigados. Por tanto, un mercado laboral precario como el que tenemos influye directamente en esta situación.

Según la Organización Mundial de la Salud, el término “malnutrición” se refiere a las carencias, excesos o desequilibrios en la ingesta de energía, proteínas y/o otros nutrientes, e incluye tanto la desnutrición, muy severa en las zonas más pobres, como la sobre-alimentación que se da en países ricos y zonas urbanas de los llamados países en desarrollo.
Estamos, por tanto, ante un espeluznante escenario con dos vertientes; la desigualdad alimentaria que provoca hambre y la que provoca enfermedades crónicas evitables,
siendo la alimentación, causante de tres cuartos de las muertes en todo el mundo. Ambas vertientes del problema tienen claras raíces políticas.

En los países ricos, donde las desigualdades internas crecen cada vez más desde la crisis económica de 2008 y tenemos a cientos de miles de personas acudiendo a los bancos de alimentación.
Al mismo tiempo, tenemos también un problema de malnutrición debido a un entorno obesogénico que causa los elevadísimos índices de obesidad y sobrepeso (casi 6 de cada 10 europeos) o diabetes tipo 2, entre otras dolencias crónicas, que causan tanto sufrimiento y disparan el gasto sanitario. Este entorno es promovido por los fabricantes de comida basura y permitido por las autoridades sanitarias.

Mapa mundi del sobrepeso por países

Ambas situaciones, afectan mucho más a los más pobres de los países ricos, teniendo incluso menor esperanza de vida que la media de países donde son más pobres a medida que descendemos en la escala social. La esperanza de vida también cambia de un barrio a otro, habiendo hasta 8 años de diferencia en Madrid, según un informe del Ministerio de Sanidad.
Recordemos que los problemas económicos no permiten el acceso equitativo a una buena información o prevención no permiten tener las mismas prioridades, ni se escoge con la misma libertad lo que se consume que cuando hay tranquilidad económica.
En otros países, como EEUU, han avanzado los desiertos alimentarios, instalados en los barrios más humildes, mientras los barrios altos están plagados de tiendas con productos frescos y orgánicos, en un momento histórico en el que la comida sana y sostenible no debería ser un privilegio, sino una necesidad al alcance de todos.
La desigualdad
socio-económica es el mayor factor de riesgo a la hora de enfermar, y, como en tantos otros casos, se acentúa aún más en el caso de las mujeres; en España la probabilidad de padecer problemas crónicos de salud aumenta un 80% entre aquellas situadas en la clase social más desfavorecida.

Mientras, en los países más pobres del planeta es donde se da la desnutrición más dramática, y también grandes índices de obesidad y sobrepeso, sobretodo en zonas urbanas. Actualmente, 870 millones de personas con desnutrición crónica coexisten con 1400 millones de personas con sobrepeso u obesidad en nuestro planeta, según la FAO.

Es cierto que desde que se industrializó la producción de alimentos y se mejoraron los métodos de conservación tenemos una súper-abundancia de productos alimentarios (que no alimentos en todos los casos) en una parte del mundo nunca vista antes en la historia.
Pero también es cierto, que este modelo global de producción y comercialización alimentarias no han supuesto, en algunos casos, una mejora de la salud pública a la larga; mientras en las sociedades más desfavorecidas sufren hambre y desnutrición, en otras, bajo la cultura de la abundancia, se sufre una epidemia de obesidad y enfermedades relacionadas directamente con una mala alimentación.



Es curioso que cuando hemos logrado alcanzar la mayor tasa de producción de alimentos en la historia, más que de sobra para la población mundial, el hambre prevalece. Por lo tanto, no parece ser un problema de aumentar productividad principalmente, sino de poder acceder a la producción existente.
Est
a falta de acceso está ocurriendo por varios motivos, entre los que se encuentran el despilfarro bestial y absurdo de alimentos en el mundo, los tratados de libre comercio y energéticos, un oligopolio formado por un puñado de multinacionales de la Industria alimentaria y, por supuesto, las finanzas; la participación de las financieras en el mercado agrícola, era del 10% hace 20 años y ahora es del 40%. En las últimas décadas, se ha sumado también la crisis medioambiental a estas causas.

Ya estamos asistiendo a desastres humanitarios derivados del ecocidio y del calentamiento global, como el caso Sirio, provocando refugiados climáticos, además de los de la guerra. Vienen de conflictos que a su vez se basan en el control geo-estratégico de recursos minerales o energéticos que deberíamos ir pensando en abandonar por ser insostenibles medioambientalmente.
El propio sistema alimentario agro-industrial, aquel que nos maravillaba por sus buena productividad, se revela hoy como un sistema del que hay que evolucionar, ya que es responsable de entre un 44 y un 57% de las emisiones de gases de efecto invernadero antropogénicos y depende demasiado de los hidrocarburos.

emisiones grain

Este modelo alimentario también contribuye al aumento de las enfermedades derivadas de una dieta poco saludable, al basarse en una producción agro-pecuaria industrial determinada, muy ligada al rentable comercio de alimentos ultra-procesados con gran demanda de ingredientes hiper-sabrosos y poco recomendables, como las harinas refinadas (más rentables por su conservación), los azúcares añadidos, grasas poco saludables o derivados cárnicos. Estos ingredientes desplazan a los alimentos frescos y sanos de nuestro plato y de la huerta, perdiendo además una bio-diversidad que la haría más sostenible.
No olvidemos que, aunque comer sano podría ser relativamente asequible, comer mal es más barato aún con este modelo alimentario. Mientras los precios de la comida más insana bajan cada vez más, los alimentos frescos y saludables han ido subiendo de precio en los últimos años, lo que, obviamente, genera desigualdad alimentaria. La voluntad política es clave para favorecer un modelo u otro, a la hora de destinar recursos.

El tema ha llegado hasta la UE; se hace necesaria una “transición dietética, tanto por nuestra salud, como por la del planeta (que al fin y al cabo, viene a ser lo mismo) abandonando productos ultra-procesados, comiendo más productos frescos de origen vegetal de cercanía y con especial atención a reducir consumo de carne, que consume una gran cantidad de recursos y es gran productor de emisiones de efecto invernadero. Es importante también, no perder de vista el origen y método de producción, tanto de la carne como de los productos de origen vegetal que consumamos.
Estos hábitos, para poder limar efectivamente las desigualdades alimentarias, necesitan acompañarse con la introducción de la educación nutricional, la prevención en atención primaria, el acceso a información clara basada en ciencia y no en intereses comerciales, medias fiscales, regulación publicitaria, etc.

También se hace necesaria, de forma conjunta, la transición hacia una agricultura campesina local, que tenga apoyo de productores e instituciones, con comercio de cercanía asequible a todos los bolsillos, que evite los alimentos kilométricos altamente contaminantes y procesados, revitalizando el medio rural y las comunidades ancestrales.
Rotar cultivos, ahorrar agua, evitar fertilizantes de síntesis y la dependencia económica que conllevan, potenciar el control biológico de plagas, el silvopastoreo, invertir la tendencia en la pérdida de especies o recuperar la fertilidad de las tierras mediante la agro-ecología, como sugiere la FAO y la ONU, para lograr mayor resiliencia y sostenibilidad medioambiental. Sería necesario también mejorar la certificación ecológica, con grandes carencias hoy en día, mediante alternativas más democráticas y sostenibles, ya en marcha.
Estas medidas tienen como objetivo poder asegurar la seguridad y soberanía alimentarias, sobretodo en las zonas más deprimidas del planeta, y a la vez, contribuir a reforzar nuevos hábitos, ayudando a minimizar las desigualdades alimentarias globales. Todo esto, con capacidad de alimentar al mundo y produciendo para las necesidades reales de la gente, y no las del mercado, donde se especula tanto con el hambre como con la comida basura.


 




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Acerca de Alejandro Moruno Danzi

Diplomado universitario en Nutrición humana y dietética.
Esta entrada fue publicada en Alimentación, Conflictos de Interés, Medio ambiente, Sostenibilidad. Guarda el enlace permanente.

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