ALIMENTACIÓN, SOBERANÍA Y DEMOCRACIA

Os dejo la ponencia sobre nuestro sistema alimentario que organizamos para la Universidad de Podemos el pasado 23 de Septiembre,  junto a Javier Guzmán, director de VSF-Justicia Alimentaria Global y Gabriela Vázquez, biotécnloga de Ecologistas en Acción.

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BREVE RADIOGRAFÍA DE NUESTRA COMIDA

Hoy, en el #DiaMundialAlimentación recordamos que el cambio climático y la destrucción de ecosistemas amenazan nuestra alimentación y a la vez, nuestra sistema alimentario es uno de sus principales causantes.

Amenaza nuestra alimentación porque la subida de temperaturas, la sequía, la acidificación marina y los fenómenos meteorológicos extremos, comprometen los rendimientos de nuestros cultivos, el agua disponible para regadíos y ganado así como a nuestro pescado. Este año ya se están registrando estas consecuencias en nuestro país; por ejemplo el almendro, el olivo, la falta de setas o moras, torrentes o fuentes secas y falta hierba para el ganado.

Al mismo tiempo, nuestro sistema alimentario emite gran cantidad de gases con efecto invernadero provenientes del exceso de fertilizantes y pesticidas, de su fabricación y transporte dependientes de combustibles fósiles o de los purines de la ganadería intensiva y de la digestión de los rumiantes. Pero también del transporte de los alimentos y piensos kilométricos, de la mecanización que exige el monocultivo industrial, del enorme despilfarro alimentario, de los embalajes y envases, etc.
Además, se suma la destrucción de ecosistemas por desgaste del suelo, la deforestación, la eutrofización de las aguas (Mar Menor) y una pérdida masiva de biodiversidad, entre otras consecuencias.

Existen otras formas de producir nuestros alimentos con menor impacto medioambiental, como la agroecología, con la que ya se están demostrando rendimientos satisfactorios y sin residuos de pesticidas en los alimentos. También la ganadería extensiva o el silvipastoreo, que refuerzan los sumideros de carbono (ecosistemas con capacidad para retener CO2 atmosférico) y previene incendios, además de generar productos de incluso mayor calidad nutricional que los convencionales (más omega-3, CLA, Hierro y vitamina E, menos antibióticos).

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Nuestro sistema alimentario está sujeto a la maximización de beneficios corporativos y financieros, y no a las necesidades reales alimentarias de la población y la protección del medio ambiente.
En este sentido, los tratados de “libre” comercio entre la UE y EEUU así como entre la UE y Canadá, el TTIP y CETA respectivamente, no harán más que profundizar esta situación al otorgar un enorme poder a las grandes corporaciones del sector y por tanto, mayor capacidad a la hora de distorsionar las políticas públicas en su favor o incluso para denunciar a los Estados.
También supondría la desvalorización de nuestra producción local y artesana, la que prima la calidad por encima de otras consideraciones, junto con una mayor penetración de los productos ultra-procesados, normativas más laxas para la cría de animales o la posible introducción de nuevos organismos transgénicos, entre otros.
Nuestro medio rural, ya de por si despoblado y sin recursos, no sería el único en sufrir las consecuencias ya que la salud, calidad culinaria y el entorno natural de todos quedarían igualmente afectados.
Esta situación es la que provoca las enormes desigualdades alimentarias entre distintas poblaciones, contribuye a la degradación medioambiental, así como la promoción interesada de unos hábitos dietéticos insanos que provocan graves problemas de salud y mayor gasto sanitario.

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No obstante, sin implementar políticas educativas y de concienciación, interviniendo en los comedores escolares, la publicidad, la fiscalidad, el etiquetado, la producción etc. contando con la sociedad civil y los profesionales de la nutrición para obtener cambios en los hábitos dietéticos, de poco servirían las medidas encaminadas a una producción más sostenible.
Sin cambios sustanciales en los patrones dietéticos se seguirá demandando por parte de la población una cantidad inasumible e insana de productos cárnicos procesados, de productos cargados de harinas refinadas, azúcar, sal y grasas insanas, tan rentables para la industria alimentaria, pero pocas legumbres, frutas y verduras frescas. Seguirá habiendo poca diversidad en el campo y en el plato, uniformidad en el monocultivo industrial de sólo unas pocas especies en todo el mundo. Y seguirá dando igual de donde provengan o cómo se hayan producido esos “alimentos”, con lo cual sería mucho más complicado transicionar hacia otro paradigma.

La sociedad, poco a poco, está cada vez está más informada y concienciada con la alimentación saludable pero también sostenible, accesible para todos, priorizando la producción local  y respetuosa con el entorno y los trabajadores, los productos frescos de temporada y el desarrollo de nuestro medio rural.
Pero recordemos que el techo de cambio mediante los hábitos de consumo, aunque imprescindible, es demasiado bajo.
Es necesaria la acción colectiva, librar la batalla socio-cultural implicando más y más a vecinos o compañeros de trabajo para reforzar a la sociedad civil en esta hercúlea tarea frente a las cada vez más grandes e influyentes corporaciones de la producción y la comida basura.
También profundizar más en la soberanía alimentaria mediante el asociacionismo, la difusión, la protesta y una simbiosis continua entre las instituciones del cambio y la ciudadanía, como ya está ocurriendo en algunos Municipios y Comunidades Autónomas.

Tenemos la suerte de que una alimentación más saludable y a la vez sostenible, puede ir perfectamente de la mano. De hecho, es más fácil la consecución de ambos objetivos si sabemos como conjugar y amplificar los distintos anhelos que están emergiendo ahora mismo por todos lados en torno a nuestra alimentación.

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¿Criminales por criticar los transgénicos?

Reproduzco en el blog el artículo publicado el pasado 7 de Julio en eldiario.es a raíz de la polémica sobre los cultivos transgénicos;

http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Criminales-criticar-transgenicos_6_534456554.html

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Maíz nativo, Méjico. Fuente; Blog de Bioseguridad

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EL COMEDOR ESCOLAR COMO MOTOR DEL CAMBIO

Reproduzco el artículo publicado originalmente en el Diario.es el pasado 27/05/2016;

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Imagen; CERAI.org

Existe en nuestro país una situación alarmante que afecta a los más pequeños y está relacionada principalmente, y de forma directa, con la mala alimentación. Se trata de la elevadísima tasa de obesidad y sobrepeso infantil que afecta a un 43% de los niños y niñas españolas (24,6% de sobrepeso y 18,5% de obesidad) según el Ministerio de Sanidad. Es decir, afecta a casi uno de cada dos, y una gran parte de estos infantes seguirán con problemas de peso en la edad adulta, lo que deriva en otras muchas dolencias, mucho sufrimiento y aumento del gasto sanitario.
A la obesidad y el sobrepeso, se suma una nueva epidemia debida a los malos hábitos alimentarios; la diabetes tipo II. Los datos son escalofriantes; en EEUU, la diabetes tipo II entre niños y adolescentes representaba el 3% de todos los nuevos casos diagnosticados y en 15 años aumentó al 45%. En España, la tendencia es similar, siendo una enfermedad que normalmente afecta a mayores de 50 años, cada vez se dan más casos en menores, sobretodo obesos.

Ante este panorama, los comedores escolares juegan un papel clave en la prevención, pero según denuncian asociaciones de padres y madres de alumnos, ecologistas o la Plataforma por unos Comedores Escolares Públicos de Calidad, no están cumpliendo con este papel en la mayoría de los casos.
Hace unos meses, los nutricionistas extremeños, junto con padres y madres de alumnos, exigían que se cumpliese la legislación en materia de calidad nutricional en los menús infantiles y en la contratación de estos profesionales por parte de las empresas de catering.
Ocurre que, en los casos en los que si se contrata un nutricionista, al ser juez y parte, es decir, al formar parte de la plantilla de la empresa (y depender su sueldo de ésta) no se suelen tener en cuenta sus recomendaciones sobre calidad alimentaria. Quizás sería más oportuno que fuesen contratados por la Administración para poder salvaguardar su independencia.
Finalmente, la presión ciudadana surte efecto y se están proponiendo medidas en este sentido en la Asamblea de Extremadura.

El hecho de que la mayoría de los nuevos colegios se diseñen sin cocina propia, y que la mayor parte de los menús dependan de un puñado de grandes empresas de catering, no ayuda a paliar esta situación. Estas empresas buscan maximizar sus beneficios económicos y esto se suele hacer a costa de la calidad de los menús, ofreciendo en demasiadas ocasiones raciones pequeñas y productos ultra-procesados, muy sabrosos y baratos pero insanos.
Las características organolépticas (olor, textura, sabor, etc.) tampoco suelen ser las mismas que las que tiene la comida recién hecha. Y es que estas empresas pueden tener la comida almacenada varios días antes de servirla, a veces, transportada desde otras ciudades refrigerada, usando muchos embalajes y envases plásticos, lo cual le añade un mayor impacto medioambiental.
Los pliegos de contratación no establecen criterios mediomabientales, ni sociales, ni de cercanía y temporada, ni hablan de comprar alimentos producidos de forma más sostenible.
Revitalizar la economía local y el medio rural, facilita la creación de puestos de trabajo. También incrementa las posibilidades de una producción alimentaria más sostenible y diversa, con más variedad de frutas y verduras, repercutiendo directamente en una mayor calidad nutricional de los menús.
Además, la Administración saca a concurso público la gestión de los comedores en grandes lotes, por lo que sólo las grandes empresas pueden acceder a estas contrataciones.

Por otro lado, el lobby de estas empresas de catering o restauración ha sido acusado de pactar de forma concertada en las adjudicaciones para los comedores en los colegios públicos vascos, incrementando los costos para la Administración al menos durante diez años. La Autoridad Vasca de la Competencia impuso una multa récord de 18 millones de euros a ocho de estas empresas.

La legislación permite que las AMPAS o alguna otra entidad social gestionen los comedores escolares, por lo tanto, y no con pocas dificultades, cada vez surgen más iniciativas para alimentar de forma más saludable, incluyendo la educación alimentaria y acostumbrando los paladares infantiles a todo tipo de alimentos. De hecho, desde el ámbito sanitario, los expertos piden una asignatura de alimentación en los colegios. También se ha solicitado que esta educación incluya criterios de sostenibilidad alimentaria.

Una de estas iniciativas es la de la Fundación Hogar del Empleado (FUHEM) en Madrid, que ha ido introduciendo paulatinamente alimentos de producción agroecológica sin intermediarios en los comedores de varias colegios. Han conseguido así que el precio de los menús no se incremente de forma significativa, también facilitan la compra de estos productos a las familias y funcionarios, ofrecen un componente educativo e incluso han introducido un “día sostenible” sin proteínas de origen animal.
Un colegio de Aínsa, en la provincia de Aragón, cocina sólo alimentos ecológicos y su menú es más económico que el de cualquier empresa de catering de esa Comunidad.
Del campo al cole, es una asociación sin ánimo de lucro que facilita a los centros escolares el acceso a alimentos agroecológicos para sus comedores. Trabajan el proyecto del documental Alimentando Conciencias, actualmente en fase de co-financiación.
También hay iniciativas similares en Canarias ,Granada o Cataluña por nombrar sólo algunas.
En Francia, donde también existe un auge de este tipo de comedores escolares, un municipio llegó a comparar sus propias vacas para rebajar el precio de la carne de gestión más sostenible. Reconocen que en las zonas rurales es más fácil el establecimiento de este tipo de experiencias que en los colegios de algunos distritos de París, donde hay más problemas de abastecimiento. Esto es algo en lo que se debe trabajar más, poniendo en práctica, por ejemplo, los hubs-alimentarios, y revitalizando la huerta y las granjas periurbanas.

Por todo lo expuesto, los comedores escolares podrían convertirse en la punta de lanza del cambio que necesitamos, tanto para nuestro modelo agro-alimentario, como para el dietético, ambos insostenibles desde el punto de vista medioambiental y de salud.

 

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NUESTRA COMIDA NO ES SOSTENIBLE

Reproduzco el post que publiqué en el blog Autonomía y Buenvivir el pasado 24 de Abril. Espero que os resulte interesante:

Es cierto que la llamada “revolución verde” del siglo pasado ha permitido una super-abundancia de alimentos nunca conocida antes por el ser humano. Pero también es cierto que este modelo alimentario ha provocado, a la larga, enormes desigualdades alimentarias globales y graves problemas de salud.

La industrialización de nuestra producción alimentaria, junto con la promoción de un modelo dietético determinado, han supuesto además un deterioro considerable de los ecosistemas y una contribución a los gases de efecto invernadero (GEI) de entre el 44-57% de las totales producidas por el hombre. Es decir, alrededor de la mitad de estos gases están relacionado con nuestra comida. Esta contribución a las emisiones de GEI, a pesar de ser difícil de cuantificar con total exactitud, se distribuye de la siguiente forma;

Se asigna a la agricultura y al ganado un 11-15% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero, principalmente óxido nitroso (N2O) sobretodo por el uso fertilizantes de síntesis y también por los abonos orgánicos, el estiércol y purines (mezcla de las defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos en ganadería industrial intensiva).

También metano (CH4), principalmente proveniente de la digestión de los rumiantes, y una pequeña parte proveniente de los abonos orgánicos, estiércol, purines y arrozales encharcados.
La agro-industria es la principal fuente antropogénica de estos dos gases.

Los cambios de uso del suelo (15-18%,) para aumentar la superficie agraria, el envasado y procesamiento (8-10%), transporte (5-6%) y refrigeración (2-4%), generarían principalmente CO2, aunque también N2O y CH4 por la quema de biomasa (bosques, matorrales, caña de azúcar etc.). Y, por último, el desperdicio alimentario (3-4%).

Si separamos agricultura y ganadería, repartiendo entre ambos el cambio de usos de tierra, una parte del transporte y del uso de energía, tendríamos un 18% atribuible a la ganadería y un 15% atribuible a la agricultura, más o menos. Esto es, teniendo en cuenta que el 33% del suelo cultivado se destina a la producción de piensos para animales y que el ganado también es responsable de más de la mitad del cambio de uso de tierras aproximadamente.

En definitiva, se trata, por tanto, de una contribución determinante al cambio climático, así como a la depredación irracional de recursos, por lo que la comida se revela como un elemento clave a la hora de mitigar el cambio climático y la destrucción de ecosistemas.

El envasado y procesamiento bajo el modelo agro-industrial llega a límites absurdos, con su consecuente gasto energético y de recursos. Fuente Imagen; @awlilnatty

Por otro lado, la destrucción de ecosistemas, la pérdida de especies, el cambio climático y la rotura de los ciclos naturales terrestres (ciclo de nitrógeno, de carbono, corrientes oceánicas, etc) no tendrán, como consecuencia más inmediata, la desaparición de ciudades costeras o los fenómenos atmosféricos apocalípticos, sino la falta de alimentos. Estamos ante un escenario en el cual el calentamiento global, la crisis hídrica, la pérdida de fertilidad de los suelos, lo fenómenos atmosféricos extremos, etc. provoca que las plantas sufran un mayor estrés condicionando ya los rendimientos de los cultivos. Lluvias irregulares, el fenómeno del Niño o las sequías, encarecen el precio de los alimentos, como ha ocurrido recientemente con el aceite de palma y el azúcar.

AGRICULTURA

Sufrimos a la vez una enorme pérdida de biodiversidad en nuestra huerta, y por tanto, en nuestro plato, principalmente debido al interés de la industria alimentaria en promover un determinado modelo agro-industrial y dietético, distinto al que se había llevado tradicionalmente desde hace generaciones y mucho más lucrativo para ellos, siguiendo la máxima de hacer negocio con lo que sea y como sea. En este caso, además, con ayudas públicas para fomentar el agro-negocio. Me refiero al interés en comercializar productos ultra-procesados baratos, cargados de harinas refinadas (mejor conservación al quitarle el germen a los cereales integrales), extremadamente palatables (sabrosos); llenos de azúcares añadidos o grasas industriales como las trans o mucha sal. En algunos de estos productos comestibles incluso se añaden las tres cosas a la vez siendo grasientos, azucarados y saladosEsto está generando la existencia de refugiados climáticos, los cuales huyen de sus países de origen al quedarse sin agua o alimentos debido al clima o a los desastres ambientales.

Esta pérdida de soberanía alimentaria se da también por motivos financieros y comerciales, como la especulación en bolsa con las cosechas o los tratados de libre comercio. Se ha sumado en los últimos años, los cultivos para bio-combustibles, como amenaza para la seguridad alimentaria, al desplazar de la superficie cultivable a los alimentos y hacer que su valor económico esté ligado al precio del petróleo, con consecuencias desastrosas cuando el precio de productos de primera necesidad suben drásticamente.

El actual modelo agro-industrial contribuye también a esta pérdida de diversidad al estar muy ligado al monocultivo intensivo, sin rotar especies, empobreciendo los suelos y provocando además una agudización de las plagas.

En EEUU, más de la mitad del suelo cultivado se dedica a maíz (y menos de un 2% se dedica a frutas y verduras), y lo mismo pasa en Argentina con la soja, ambos cultivos son transgénicos, con lo que se suman los problemas ambientales y sanitarios derivados de este tipo de cultivos, que pretenden poner parches y parches, en vez de ir a la raíz del problema y cambiar de modelo. Ni siquiera han tenido un mayor rendimiento como prometían y han producido resistencias en las plagas y malas hierbas, teniendo que usar cada vez más cantidad de pesticidas y herbicidas, incluso combinándolos con otros herbicidas cada vez más tóxicos. Es conveniente promocionar el control biológico de plagas para poder reducir el uso de estas sustancias. Más información en este magnífico especial de Carne Cruda sobre el tema.

Los pesticidas pasan a nuestros alimentos, como en el caso de las fresas, últimamente muy criticadas por su elevado contenido de estas sustancias.

También interesa mucho el comercio de derivados cárnicos debido a lo lucrativo que se ha vuelto para unos pocos la cría industrial de animales. Todo ello, adiestrando nuestros paladares desde niños para que no demandemos otra cosa y con la connivencia de las instituciones que se suponen deberían velar por nuestro salud y medio ambiente.

Estos productos chatarra han venido desplazando en los últimos años a los productos frescos, locales, de temporada, sin embalajes ni una lista interminable de ingredientes. El guiso de verduras o las legumbres, han dado paso a los nuggets, los donuts o la pasta oriental pre-cocinada.

Se está perdiendo la enorme diversidad de frutas y hortalizas, debido a estos intereses comerciales, que podrían enriquecer nuestra cocina, y a la vez mejorar nuestra salud y el medio ambiente. Por no hablar de la baja calidad de las pocas variedades de vegetales que solemos encontramos en un supermercado habitual (en comparación con las que podría haber). Ocurre que todo este procesamiento, mecanización y transporte; muchos productos son kilométricos, venidos de la otra parte del mundo, suponen un enorme gasto energético (quema de hidrocarburos principalmente) y una gran contribución a la insostenibilidad del actual modelo alimentario agudizando el cambio climático.

Se calcula que los alimentos viajan unos 5,000 kilómetros de media desde donde se producen hasta que llegan a nuestro plato. No se tienen consideraciones medioambientales cuando se trata de aumentar la rentabilidad de la industria explotando tierras y recursos lejanos, así como a sus poblaciones, por mucho menos de lo que les costaría aquí o inundando mercados lejanos con productos subvencionados más baratos. La deforestación, el desplazamiento de poblaciones enteras, contaminar recursos esenciales, o el asesinato de activistas sociales, suelen ser otras prácticas habituales en este negocio.

 

Fuente; Amigos de la Tierra

Para mitigar las emisiones de GEI por parte de la agricultura se propone promocionar ciertos cultivos, como las legumbres, al ser muy aptas para la rotación de cultivos; el ciclo de las legumbres es bastante rápido, lo que permite compaginarlo con otras plantaciones, como cereales y semillas oleaginosas. También requieren menos fertilizantes que otras plantaciones y son los únicos cultivos capaces de fijar nitrógeno atmosférico al suelo, teniendo un impacto positivo en la recuperación de los mismos. El mijo también se ha propuesto como un cultivo interesante al ser resistente a condiciones áridas, algo cada vez más común según avanza la desertización en amplias zonas del planeta.

No obstante, lo principal es recuperar la fertilidad de los suelos, muchos de ellos agotados después de décadas adicionándoles cantidades ingentes de fertilizantes nitrogenados de síntesis (nitratos). Esto interrumpe el proceso natural de nitrificación que realizan las bacterias del suelo desde hace siglos, rompiendo el equilibrio en el ciclo de nitrógeno, lo que también afecta directamente al equilibrio del ciclo de carbono, teniendo consecuencias catastróficas sobre el clima.

Los suelos cada vez asimilan menos estos fertilizantes y hay que aumentar cada vez más la cantidad a aplicar para tener la misma efectividad. Es el negocio redondo; como el suelo ya no es fértil, se depende de la compra de este insumo en cantidades crecientes para poder cultivar. La inmensa mayoría del fertilizante no se asimila por parte del suelo provocando graves problemas de contaminación y emisiones.

Este abuso de fertilizantes de síntesis es causante de la eutrofización (acumulación de residuos orgánicos en el agua) de acuíferos, aguas dulces y zonas costeras junto con la acidificación de los ecosistemas, amenazando gravemente la habitabilidad de algunas zonas del planeta, las llamadas zonas muertas oceánicas ubicadas en los litorales marinos. En estas zonas muertas se produce un sobre-crecimento de un tipo determinado de algas, debido a la acumulación de estos residuos orgánicos de los que se alimentan. Este sobre-crecimiento de algas genera a su vez un crecimiento de bacterias que descomponen estas algas, a la vez que consumen el oxígeno disponible. Por tanto, al no haber oxígeno no hay vida marina, es decir, no hay pesca y perdemos recursos alimentarios debido al actual modelo agro-industrial.

Es interesante la comparación entre los litorales de Miami y los de Cuba debido a la influencia de la eutrofización ya que Cuba no tuvo apenas acceso a fertilizantes de síntesis después de la caída de la URSS. Mientras que en gran parte del litoral de Florida ha quedado arruinado y algunos de sus arrecifes sin vida, en el lado cubano podemos encontrar mucha más vida marina en su litoral y las especies ya extintas en el lado estadounidense. El aumento de las temperaturas en los mares también está comprometiendo la vida marina.

Además, a largo plazo, no es viable un modelo totalmente dependiente de los hidrocarburos, tanto para el transporte de insumos, como para la síntesis de fertilizantes, teniendo en cuenta que la extracción de petróleo barato (de fácil acceso) se está acabando y es un recurso finito.

También tenemos un problema con el fósforo, otro elemento fundamental para la agricultura, cuya movilización desde el fondo marino hacia las áreas terrestres se está viendo interrumpido por el dramático índice en la pérdida de especies. Hoy por hoy, los suministros de fosfato mineral de fácil accesibilidad se están agotando y no se está reponiendo de forma natural en los suelos, lo que implica menor fertilidad y, por tanto, menor secuestro de carbono atmosférico en los campos.

(Foto : Diagram from PNAS; designed by Renate Helmiss)

Ante esta situación es urgente tomar medidas para recuperar la fertilidad de los suelos y evitar el uso de fertilizantes de síntesis, tanto por su impacto en el ciclo natural del nitrógeno, como por su impacto contaminante en los ecosistemas y sus enormes emisiones de N2O. Tal y como propone la FAO, unos suelos saludables son la clave de una producción alimentaria saludable y clave para la seguridad alimentaria en los próximos años frente a la reducción de recursos hídricos y el cambio climático.  Al recuperarse los suelos, éstos consiguen una mayor resistencia ante el estrés hídrico y climático (al retener más agua), también frente a las plagas y malas hierbas, mejorando los rendimientos de los cultivos con el tiempo, así como un mayor contenido de nutrientes para nuestros cultivos. También ir potenciando el control biológico de plagas para minimizar el uso de pesticidas.

Este conjunto de medidas permite mayor seguridad medioambiental y una menor dependencia económica al no tener que depender de la compra de insumos agro-tóxicos, dando mayor rentabilidad global que el uso de fertilizantes químicos.

Entre las técnicas propuestas para lograr estos objetivos destaca la agro-ecología, una disciplina científica, en pleno desarrollo actualmente, que combina tradición e innovación para la creación de sistemas agro-alimentarios sostenibles aplicando los principios de la ecología con una visión integral de los ecosistemas.

La agro-ecología se revela más útil en zonas más deprimidas donde los condicionantes climáticos y económicos se hacen más patentes. No obstante, el lobby de la industria fabricante y distribuidora de fertilizantes de síntesis, tremendamente poderoso después de décadas de dependencia mundial, no se da por vencido y recientemente han presentado en la convención sobre cambio climático de París (COP21) su propuesta de “agricultura climáticamente inteligente” (la única sobre modelo agro-alimentario de toda la convención), un concepto ambiguo, que no hace referencia a nada concreto y que pretende servir como caballo de Troya para que esta compañías continúen con su negocio, sobretodo en los países menos industrializados.

Tristemente, el Banco mundial ha anunciado recientemente que invertirá un 28% de su presupuesto en proyectos para mitigar el cambio climático, entre ellas, esta farsa de la agricultura climáticamente inteligente.

El mes pasado salió a la luz un estudio donde investigadores de la Universidad Estatal de Washington han concluido que es posible alimentar a la creciente población mundial teniendo en cuenta objetivos de sostenibilidad (no nos queda otra opción, por otro lado). Han revisado 40 años de estudios científicos comparando agricultura convencional y ecológica, concluyendo que la agro-ecología puede tener rendimientos satisfactorios, ser rentable y seguro para los trabajadores del campo y también para el medio-ambiente.

Se suele criticar a la agro-ecología por ser menos eficiente y necesitar mayor superficie de tierra para obtener la misma cantidad de alimentos, pero en esta investigación se describen casos en los que los rendimientos son incluso mayores que en el caso de una producción convencional, sobretodo, en casos de sequía.  Por otro lado, una finca convencional que usa el monocultivo intensivo con una alta mecanización y un elevado uso de insumos químicos, suma a sus enormes costes medioambientales el elevado uso de energía, en comparación a la producción de alimentos agro-ecológica.

Olivier de Schutter, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación entre los años 2008 y 2014, afirmaba en su informe “La agro-ecología y el derecho a la alimentación, que “los agricultores pequeños podrían duplicar la producción de alimentos en una década si utilizaran métodos productivos ecológicos”. Y añadía; “se hace imperioso aplicar la agro-ecología, para poner fin a las crisis alimentarias y ayudar a afrontar los retos vinculados a la pobreza y al cambio climático”. Según de Schutter: “La evidencia científica demuestra que la agro-ecología supera al uso de los fertilizantes químicos en el fomento de la producción de alimentos, sobre todo en los entornos desfavorables donde viven los más pobres”. Este mismo informe detalla que “En diversas regiones se han desarrollado y probado con excelentes resultados técnicas muy variadas basadas en la perspectiva agro-ecológica. (…) Tales técnicas, que conservan recursos y utilizan pocos insumos externos, tienen un potencial demostrado para mejorar significativamente los rendimientos”.

GANADERÍA

En cuanto al consumo de agua, tal y como podemos apreciar en la imagen, los alimentos de origen animal tienen un consumo mucho más elevado que los de origen vegetal.

Al elevado consumo de agua se le suma las emisiones de GEI debidas a la ganadería industrial intensiva;

Un 35-40% de todo el metano de origen antropogénico, el 65% de las emisiones totales de N2O (agricultura para piensos, abonos orgánicos, desechos), el 9% del CO2 total por cambio de usos de tierra, al que hay que sumar el emitido por el transporte asociado y el uso de energía en las granjas mecanizadas, y el 64 % del amoniaco, que contribuye de forma significativa a la lluvia ácida.

La deforestación, las poblaciones desplazadas, el aniquilamiento de la fauna autóctona, el elevado consumo de agua, contaminación de ecosistemas por desechos (purines de los cerdos) etc, son las desagradables y habituales consecuencias del modelo ganadero intensivo actual, entre otras consideraciones, como el abuso de antibióticos o la excesiva concentración del negocio en pocas empresas. En cuanto a la gestión de purines de los cerdos, es digno de mención el caso de sobre-producción que sufrimos en España debido a que hemos aceptado parte de la producción del centro de Europa, donde la legislación medioambiental es menos laxa que aquí y la presión ciudadana ha sido mayor. El resultado es que nos encontramos ante un verdadero problema al no poder gestionarse la enorme cantidad de purines en poco espacio generados por millones de cerdos de las granjas-fábricas de producción intensiva. Esto provoca más emisiones a la atmósfera, y también contamina los acuíferos y suelos.

No obstante, el impacto del ganado depende mucho del tipo de producción; no es lo mismo la ganadería intensiva industrial que la extensiva o el silvipastoreo. La capacidad de retención de CO2 atmosférico por parte de los campos de pastoreo (sumideros de CO2) al generar mayor conservación de los bosques, es una de las ventajas. Una ganadería extensiva orgánica, alimentada con más hierba y menos piensos procedentes de la agro-industria permite minimizar el aporte insumos derivados de combustibles fósiles en toda la cadena de producción (desde los cultivos para piensos hasta la distribución final de la carne), contribuyendo además a fertilizar la tierra, a retener más agua, a movilizar semillas y nutrientes, y a menos deforestación.

Este tipo de ganadería es también beneficiosa para la bio-diversidad, el desarrollo de la cadena trófica de algunos ecosistemas y la prevención en la degradación de tierras e incendios. Para más información sobre las diferentes emisiones de metano dependiendo de la alimentación del ganado, diferencias nutricionales en la carne y leche o ventajas ambientales que ofrece esta ganadería, podéis consultar este post de hace unos meses o este revelador estudio sobre la importancia de la trashumancia para conservar la diversidad biológica en Europa y mitigar el cambio climático. No obstante, siguen saliendo estudios que ratifican las diferencias nutricionales entre ambas formas de producir carne o lácteos.

Es resumen, la ganadería extensiva orgánica, no sólo ayuda a preservar el ecosistema, sino que es una de la soluciones para emitir menos GEI, captar CO2 y sin dañar los ecosistemas en comparación con la producción intensiva industrial que se revela como insostenible a largo plazo.También, la ganadería extensiva, en comparación con la producción industrial, contribuye a afianzar a la gente al medio rural, generando empleos directos e indirectos y mayor tejido social, algo extensible también a la agricultura. Esto es muy necesario si tenemos en cuenta el envejecimiento poblacional de nuestro medio rural y la falta de relevo generacional, lo que deja el campo en manos de unas pocas grandes empresas con las consecuencias medioambientales y de calidad alimentaria descritas.  Todo esto ha sido fomentado desde la UE y su nefasta Política Agraria Común (PAC) que apuesta por desregular mercados y favorecer a grandes distribuidoras y a grandes terratenientes, frente al pequeño productor artesanal local.

Para ello, es clave el apoyo institucional y de la sociedad civil hacia el medio rural, al pequeño productor local y artesano, para conseguir que se diferencien sus productos y se favorezca su comercio, siendo viable económicamente.

El argumento de la industria para desacreditar a la ganadería extensiva es la falta de capacidad de ésta para cumplir con la demanda si se generalizase y compitiese con la intensiva. En este sentido, habría que decir que la producción de alimentos actualmente alcanzaría de sobra para alimentar a mucha más gente de la que hay en el planeta, por lo que el problema no es el tipo de producción alimentaria, sino el acceso a los alimentos (dimensión político-financiera de las desigualdades alimentarias).

No obstante, es cierto que el consumo de carne y sus derivados está muy por encima de lo que podría ser sostenible (e incluso saludable, según la OMS) con cualquier tipo de ganadería y se hace imprescindible incentivar la pedagogía en este sentido para alcanzar un consumo más responsable donde ganemos todos en calidad, salud y sostenibilidad.

Recordemos que en una encuesta del Eurobarómetro, el 80% de los europeos afirmaban preferir comer menos carne pero de mejor calidad; este es el camino más realista. En este sentido, es interesante la postura del ex relator de Naciones Unidas para el derecho a la alimentación y actual experto del IPES-food (Panel de expertos internacionales en alimentación sostenible) Olivier de Schutter; Reducir la demanda de carne barata de producción industrial es la única forma de acabar con la ganadería intensiva.”

Con comer carne dos veces a la semana sería más que suficiente para cubrir necesidades nutricionales. Hablamos de unos 500 gramos a la semana de carne fresca no procesada, de los que la carne roja de vacuno no debería superar los 300 gramos, al ser considerada como “de alto impacto” por generar más emisiones y consumo de recursos que el ganado porcino, ovino, caprino o la cría de aves. Tengamos en cuenta que es una recomendación de consumo máximo, es decir, el consumo de carne se podría reducir incluso más, teniendo en cuenta que también se consume pescado, lácteos o huevos.

CAMBIO DIETÉTICO

Estas recomendaciones nutricionales, atendiendo a criterios medioambientales, están siendo recogidas en las nuevas guías oficiales sobre consejo dietético de varios países, como EEUU, Alemania, Reino Unido, Suecia, Brasil, Australia o, recientemente,Holanda. En Alemania, han llegado a proponer que se venda carne solamente una vez a la semana en restaurantes y bares, por lo que la industria cárnica ha puesto el grito en el cielo. No obstante, sería un buen comienzo, aunque quizás, tres o cuatro días a la semana tendrían mejor acogida.

Cada vez hay más consenso, no solo en movimientos sociales, sino en las propias instituciones internacionales como la FAO o la UE,sobre la necesidad de transformar el actual modelo industrial y kilométrico hacia uno basado en sistemas alimentarios locales, que apuesten por una agricultura y ganadería ecológica a pequeña escala. Pero no sólo necesitamos una transición energética o de modelo agro-alimentario, también necesitamos, de forma conjunta, una transición dietética, una serie de cambios culturales en nuestra actual forma de alimentarnos que permita acometer cambios hacia sistemas más sostenibles. Para ello, es necesario incidir en la educación nutricional y medioambiental desde edades tempranas mediante planes ambiciosos que permitan el cambio de paradigma cultural que tan urgentemente necesitamos.

Dentro de las pautas habituales para tener una dieta más sostenible se suele hablar de reducir el consumo de carne en favor de alimentos vegetales frescos, de temporada y producción local. Como sustituto de la proteína animal se suelen recomendar frutos secos o legumbres, combinadas o no con cereales para obtener una buena cantidad de todos los aminoácidos esenciales (los que no fabricamos nosotros). Consumir grasas saludables, dando preferencia a las locales, como el aceite de oliva o girasol en detrimento de, por ejemplo, el aceite de palma, menos saludable y con mayor impacto medioambiental y social actualmente. Se recomienda buscar alimentos producidos de forma más sostenible, y en caso de estar certificados con algún sello, que sean de producción local. Tener una dieta con mayor variedad de productos frescos repercute favorablemente en la biodiversidad de nuestra huerta y, por tanto, en su resiliencia.
Escoger menos productos procesados, debido al mayor impacto medioambiental y mayor consumo de recursos, como he comentado anteriormente (embalajes, mecanización, transporte de materias primas y después distribución del procesado, etc).

Además, los alimentos producidos de una forma más sostenible tienen más nutrientes, como he comentado previamente en el caso de la carne o los lácteos, si atendemos a los vegetales producidos de forma más sostenible también encontramos menores niveles de cadmio, menos residuos de pesticidas y mayores niveles de antioxidantes, ya que al no usarse tanto pesticida el vegetal produce más de sus defensas naturales ante los ataques externos.

En cuanto a la sostenibilidad, comparando las dietas basadas en consumo de vegetales con otras dietas, hay unas consideraciones a tener muy en cuenta: el consumo de carne requiere más recursos que los necesarios en una dieta ovolacto-vegetariana como demuestra este estudio, aunque advierte de que ambas son insostenibles y ambas usan gran cantidad de combustibles fósiles. Y mucho ojo con que se sustituyen las proteínas de origen animal, ya que puede implicar hábitos dietéticos menos sostenibles que el consumo moderado de carne procedente de algunos tipos de ganadería (extensiva con forraje) o pescado (criados en acuaponia de ciclo cerrado alimentado mediante, piensos más sostenibles, la vermicultura o la lenteja de mar, por ejemplo).

El pescado de origen salvaje es cada vez más escaso y contaminado pero la producción de pescado en acuicultura convencionalno parece ser muy sostenible, debido a la cría de variedades más carnívoras cuya alimentación consume grandes recursos en vida salvaje marina. Por lo que la cría de variedades como la carpa o la tilapia sería más sostenible al permitir más alimentación de origen vegetal y ser perfectamente aptos para la acuaponia. Para más información sobre contaminantes en el pescado de acuicultura puedes consultar este post, y para más información de la situación actual en la sostenibilidad del plancton marino puedes consultar este post.

Así pues, una dieta basada en vegetales puede tener un elevado impacto medioambiental si se trata de alimentos kilométricos, transportados y refrigerados desde la otra parte del planeta, y producidos en monocultivos intensivos industriales fuertemente ligados a agro-tóxicos contaminantes. Por lo que no es cierto, en todos los casos, que las dietas basadas en el consumo de vegetales tengan menos impacto medioambiental que las que incluyen un consumo moderado de carne de producción más sostenible y local, como sugieren las conclusiones este estudio;

“Aunque la dieta vegetariana promedio bien podría tener una ventaja medioambiental, las excepciones también pueden darse. El transporte aéreo de larga distancia, la ultra-congelación, y otras practicas de cultivo pueden implicar cargas medioambientales para vegetarianos que sobrepasen las de la carne orgánica de producción local” 

Y con los nuevos grupos de consumo, cooperativas o mercados de cercanía, y las nuevas ganaderías y huertos locales, más respetuosos con el medioambiente, esto es cada vez menos excepcional si nos fijamos de donde vienen y como se producen los alimentos que nos encontramos en un supermercado corriente.

ALTERNATIVAS

 

Este tipo de comercio de circuito corto o venta directa suele ser una opción bastante interesante; son productos de calidad, con mayor variedad (en el súper mercado sólo nos venden un tipo de calabacín cuando en realidad hay muchos más), y más sostenible al potenciar la producción local y más respetuosa con el medio ambiente. Al eliminar intermediarios y “puentear” a los grandes distribuidores de la industria alimentaria también contribuimos a una mayor justicia social para el pequeño productor, facilitándole la transición hacia técnicas más sostenibles. La agro-ecología en general desarrollada sobretodo por productores locales a pequeña escala, debe tener más apoyo institucional y social para poder transicionar de modelo, al igual que lo deben tener las energías renovables o la educación medioambiental y alimentaria.

España se ha negado a adaptar la normativa europea sobre las medidas higiénico sanitarias, como si han hecho otros países, imponiendo, por ejemplo, la misma normativa a cumplir a una quesería artesana que a una industrial , lo que impide el crecimiento de la iniciativa a pequeña escala y más sostenible. Otra diferencia es que en países como Italia o Francia, alrededor el 20% de las explotaciones hacen venta directa, mientras que en España apenas llegamos al 3%, como nos recuerda VSF-Justicia alimentaria global, quienes también recomiendan mayor compra pública de alimentos más sostenibles y la implantación de “hubs alimentarios”. Estos hubs son Centros regionales o “nodos” de distribución alimentaria para que estas nuevas formas de producción tengan más salida comercial . Son apoyados por las administraciones públicas allí donde llevan años funcionando, en ciudades de Estados Unidos y de Europa, como es el caso de la ciudad de Turín con su Food Hub TO Connect (FHTC). Un sistema basado en mercados municipales y circuitos alimentarios cortos genera el doble de puestos de trabajo que otro basado en supermercados según el New Economics Foundation (NEF) de Inglaterra.

Por todo el Estado van surgiendo iniciativas en este sentido, provenientes, tanto de los nuevos Ayuntamientos, como de la sociedad civil organizada;

En Madrid se prepara un proyecto de recogida selectiva de residuos orgánicos para compostaje y su transformación en abono. También en Madrid están en auge los grupos de consumo, los mercados de productores agro-ecológicos y se empieza a apostar por la compra de estos productos para restauración colectiva, como en colegios, donde resulta incluso más barato que los habituales e insanos servicios de catering. También en Navarra apuestan por reformar la alimentación en los colegios incentivando la compra pública de alimentos ce cercanía teniendo en cuenta criterios de sostenibilidad y socio-económicos. En Zaragoza apuestan por plantar huertos sobre los restos de la burbuja inmobiliaria y darles salida comercial mediante una marca propia y redes estables de comercio. En Valencia se está recuperando toda la huerta periurbana con un enfoque agro-ecológico creando empleo entre los jóvenes y dando salida a los productos mediante un mercado en la plaza del Ayuntamiento. Más ambiciosos y realmente interesantes son los proyectos de la Red de transición o la Cooperativa Integral Catalana. A nivel internacional, tenemos el ejemplo de la ciuda-huerto alemana de Andernach, gestionado por los propios vecinos.

En cuanto a la certificación o sello ecológico oficial, debemos decir que tiene grandes carencias, empezando porque no mide el impacto medioambiental o la huella de carbono de los alimentos, permitiendo los alimentos kilométricos. Limones eco venidos de china o kiwis eco venidos de Nueva Zelanda, cuando aquí también se producen. O casos como el Tofu de la imagen, con dos sellos eco, pone “producto de España” y sin embargo, debajo del sello eco se puede leer en letra minúscula “ Agricultura no UE”, lo que quiere decir que es soja venida de Brasil o de China.

El sello oficial permite también algunas excepciones como el uso de piensos convencionales sino hay disponibilidad de piensos ecológicos, o el uso de etileno para madurar frutos climatéricos en cámara si es para evitar la acción de un tipo de mosca. En la práctica, en demasiadas ocasiones, se hace de estas excepciones la regla. También permite un uso de elevadas concentraciones de aluminio o cobre en los fitosanitarios. Actualmente hay proyectos de certificación locales en desarrollo bastante más interesantes y democráticos, como el sistema de participación de garantía (SPG) de pequeños productores agro-ecológicos de la Región de Murcia o la asociación EHKO en Euskadi.

Tenemos el caso de las grandes marcas y distribuidoras alimentarias queriéndose subir al carro eco recientemente, como el caso de Knorr y sus “campos sostenibles” que detalla El blog El Salmón contracorriente, fabricante de comida pre-cocinada de la enorme mega-corporación Unilever. Cuando se miran los datos no hay muchas garantías de sostenibilidad real (por no decir ninguna), aparte de sus buenas palabras o cursos de capacitación.

Esta nueva mega-industria “eco” pretende mantener las mismas prácticas de producción industrial, de monocultivo intensivo perdiendo biodiversidad, las mismas malas prácticas laborales, los alimentos kilométricos, la alta mecanización y uso de envases, etc, aunque, eso si, usando menos insumos de síntesis para pintarse de verde y obtener otra cuota de mercado en alza.

Sobre el precio de los alimentos ecológicos habría que tener en cuenta si la agricultura ecológica obtuviera los apoyos que necesita y se expandiera, la oferta se incrementaría y daría lugar a una bajada de precios. También hay que tener en cuanta que no se mide coste real de la producción agro-industrial actual, ni lo que nos va a costar en el futuro a las generaciones venideras; es comida barata, si, pero a que precio; un alto coste en términos de salud, socio-económicos y medioambientales;

-No se paga el coste real por la enorme contribución al cambio climático del sistema agro-alimentario actual, tampoco los costes económicos para la sociedad debidos a los fenómenos atmosféricos o el deterioro de ecosistemas derivados del impacto medioambiental.

-Se benefician especuladores en bolsa mientras perdemos el medio rural.

-Suelen ser productos de menos calidad.

-Se ha normalizado una situación que nos lleva a una desastrosa pérdida de soberanía y seguridad alimentarias de cara al futuro provocando que la comida pase a ser mucho más cara por escasez después de agotar los suelos y recursos hídricos.

DESPILFARRO ALIMENTARIO

Por último, se hace necesario reducir el enorme despilfarro alimentario actual; 385 millones de kilos de alimentos que, en lugar de acabar en la mesa, acaban triturados en vertederos cada año en España. Según la Comisión Europea en España los súper tiran el 5% de toda la comida que se desecha. Es mucho peor en los hogares (42%), la industria (39%) y los restaurantes (14%). Francia ya aplica un plan contra el despilfarro alimentario y establece que los supermercados de más de 400 metros cuadrados no podrán tirar a la basura los productos perecederos debiendo donar esta comida a organizaciones de caridad y bancos de alimentos. También se podría usar alimento desechado para abono agrícola o en la fabricación piensos para animales.

 
Algunas medidas a adoptar serían el control en origen y a lo largo de toda la cadena del despilfarro que va desde el campo al plato.  En el campo, frenar el desperdicio por razones estéticas (la llamada “fruta fea”), evitar la venta a pérdida, defendida actualmente por la CNMV, fijando precios mínimos que cubran costes y promoviendo la venta de proximidad. En la restauración colectiva informar, mejorar la previsión de las raciones e informatizar los sistemas para ahorrar. Y para los consumidores mejorar el etiquetado (caducidad-consumo preferente), adaptar envases, informar y educar desde la escuela con propuestas como la de la imagen.

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DEMASIADO DESIGUALES, TAMBIÉN FRENTE AL PLATO

(Versión extendida del artículo originalmente publicado en El Diario.es el pasado 8 de Abril.)

Antiguamente, entre los más privilegiados de la sociedad, estaba de moda tener la piel lo más blanca posible para no parecerse a los labradores, que al trabajar al aire libre solían tener más color. Pero no sólo tenían esa absurda moda elitista, también renegaban de los productos de la tierra, los consumidos habitualmente por el campesino; verduras, legumbres, frutas y cereales que cambiaban por productos de caza, carnes de todo tipo, también mucho alcohol y dulces. Así terminaban algunos con gota sin poder ni moverse.

Hoy en día se ha dado la vuelta la tortilla; Estar moreno, incluso con rayos UVA artificiales, se asocia con mejor aspecto y son las clases acomodadas las que consumen más los productos de la antigua huerta así como harinas o cereales integrales (que son bastante más recomendables). Son asiduos a la información sobre bienestar y hábitos saludables, tienen tiempo para cocinar y hacer la compra, o tienen a alguien que lo hace por ellos.
M
ientras, el nuevo precariado, cada vez más pálido encerrado en casa o en el centro de trabajo, consume masivamente la chatarra ultra-procesada hiper-sabrosa y calórica, a la que tan acostumbrado está su paladar y su imaginario bombardeado por la publicidad desde niños. Adicionalmente, el poco tiempo libre que hay no permite planificar la compra ni los menús y estos productos tienen un precio que encaja en los bolsillos más castigados. Por tanto, un mercado laboral precario como el que tenemos influye directamente en esta situación.

Según la Organización Mundial de la Salud, el término “malnutrición” se refiere a las carencias, excesos o desequilibrios en la ingesta de energía, proteínas y/o otros nutrientes, e incluye tanto la desnutrición, muy severa en las zonas más pobres, como la sobre-alimentación que se da en países ricos y zonas urbanas de los llamados países en desarrollo.
Estamos, por tanto, ante un espeluznante escenario con dos vertientes; la desigualdad alimentaria que provoca hambre y la que provoca enfermedades crónicas evitables,
siendo la alimentación, causante de tres cuartos de las muertes en todo el mundo. Ambas vertientes del problema tienen claras raíces políticas.

En los países ricos, donde las desigualdades internas crecen cada vez más desde la crisis económica de 2008 y tenemos a cientos de miles de personas acudiendo a los bancos de alimentación.
Al mismo tiempo, tenemos también un problema de malnutrición debido a un entorno obesogénico que causa los elevadísimos índices de obesidad y sobrepeso (casi 6 de cada 10 europeos) o diabetes tipo 2, entre otras dolencias crónicas, que causan tanto sufrimiento y disparan el gasto sanitario. Este entorno es promovido por los fabricantes de comida basura y permitido por las autoridades sanitarias.

Mapa mundi del sobrepeso por países

Ambas situaciones, afectan mucho más a los más pobres de los países ricos, teniendo incluso menor esperanza de vida que la media de países donde son más pobres a medida que descendemos en la escala social. La esperanza de vida también cambia de un barrio a otro, habiendo hasta 8 años de diferencia en Madrid, según un informe del Ministerio de Sanidad.
Recordemos que los problemas económicos no permiten el acceso equitativo a una buena información o prevención no permiten tener las mismas prioridades, ni se escoge con la misma libertad lo que se consume que cuando hay tranquilidad económica.
En otros países, como EEUU, han avanzado los desiertos alimentarios, instalados en los barrios más humildes, mientras los barrios altos están plagados de tiendas con productos frescos y orgánicos, en un momento histórico en el que la comida sana y sostenible no debería ser un privilegio, sino una necesidad al alcance de todos.
La desigualdad
socio-económica es el mayor factor de riesgo a la hora de enfermar, y, como en tantos otros casos, se acentúa aún más en el caso de las mujeres; en España la probabilidad de padecer problemas crónicos de salud aumenta un 80% entre aquellas situadas en la clase social más desfavorecida.

Mientras, en los países más pobres del planeta es donde se da la desnutrición más dramática, y también grandes índices de obesidad y sobrepeso, sobretodo en zonas urbanas. Actualmente, 870 millones de personas con desnutrición crónica coexisten con 1400 millones de personas con sobrepeso u obesidad en nuestro planeta, según la FAO.

Es cierto que desde que se industrializó la producción de alimentos y se mejoraron los métodos de conservación tenemos una súper-abundancia de productos alimentarios (que no alimentos en todos los casos) en una parte del mundo nunca vista antes en la historia.
Pero también es cierto, que este modelo global de producción y comercialización alimentarias no han supuesto, en algunos casos, una mejora de la salud pública a la larga; mientras en las sociedades más desfavorecidas sufren hambre y desnutrición, en otras, bajo la cultura de la abundancia, se sufre una epidemia de obesidad y enfermedades relacionadas directamente con una mala alimentación.



Es curioso que cuando hemos logrado alcanzar la mayor tasa de producción de alimentos en la historia, más que de sobra para la población mundial, el hambre prevalece. Por lo tanto, no parece ser un problema de aumentar productividad principalmente, sino de poder acceder a la producción existente.
Est
a falta de acceso está ocurriendo por varios motivos, entre los que se encuentran el despilfarro bestial y absurdo de alimentos en el mundo, los tratados de libre comercio y energéticos, un oligopolio formado por un puñado de multinacionales de la Industria alimentaria y, por supuesto, las finanzas; la participación de las financieras en el mercado agrícola, era del 10% hace 20 años y ahora es del 40%. En las últimas décadas, se ha sumado también la crisis medioambiental a estas causas.

Ya estamos asistiendo a desastres humanitarios derivados del ecocidio y del calentamiento global, como el caso Sirio, provocando refugiados climáticos, además de los de la guerra. Vienen de conflictos que a su vez se basan en el control geo-estratégico de recursos minerales o energéticos que deberíamos ir pensando en abandonar por ser insostenibles medioambientalmente.
El propio sistema alimentario agro-industrial, aquel que nos maravillaba por sus buena productividad, se revela hoy como un sistema del que hay que evolucionar, ya que es responsable de entre un 44 y un 57% de las emisiones de gases de efecto invernadero antropogénicos y depende demasiado de los hidrocarburos.

emisiones grain

Este modelo alimentario también contribuye al aumento de las enfermedades derivadas de una dieta poco saludable, al basarse en una producción agro-pecuaria industrial determinada, muy ligada al rentable comercio de alimentos ultra-procesados con gran demanda de ingredientes hiper-sabrosos y poco recomendables, como las harinas refinadas (más rentables por su conservación), los azúcares añadidos, grasas poco saludables o derivados cárnicos. Estos ingredientes desplazan a los alimentos frescos y sanos de nuestro plato y de la huerta, perdiendo además una bio-diversidad que la haría más sostenible.
No olvidemos que, aunque comer sano podría ser relativamente asequible, comer mal es más barato aún con este modelo alimentario. Mientras los precios de la comida más insana bajan cada vez más, los alimentos frescos y saludables han ido subiendo de precio en los últimos años, lo que, obviamente, genera desigualdad alimentaria. La voluntad política es clave para favorecer un modelo u otro, a la hora de destinar recursos.

El tema ha llegado hasta la UE; se hace necesaria una “transición dietética, tanto por nuestra salud, como por la del planeta (que al fin y al cabo, viene a ser lo mismo) abandonando productos ultra-procesados, comiendo más productos frescos de origen vegetal de cercanía y con especial atención a reducir consumo de carne, que consume una gran cantidad de recursos y es gran productor de emisiones de efecto invernadero. Es importante también, no perder de vista el origen y método de producción, tanto de la carne como de los productos de origen vegetal que consumamos.
Estos hábitos, para poder limar efectivamente las desigualdades alimentarias, necesitan acompañarse con la introducción de la educación nutricional, la prevención en atención primaria, el acceso a información clara basada en ciencia y no en intereses comerciales, medias fiscales, regulación publicitaria, etc.

También se hace necesaria, de forma conjunta, la transición hacia una agricultura campesina local, que tenga apoyo de productores e instituciones, con comercio de cercanía asequible a todos los bolsillos, que evite los alimentos kilométricos altamente contaminantes y procesados, revitalizando el medio rural y las comunidades ancestrales.
Rotar cultivos, ahorrar agua, evitar fertilizantes de síntesis y la dependencia económica que conllevan, potenciar el control biológico de plagas, el silvopastoreo, invertir la tendencia en la pérdida de especies o recuperar la fertilidad de las tierras mediante la agro-ecología, como sugiere la FAO y la ONU, para lograr mayor resiliencia y sostenibilidad medioambiental. Sería necesario también mejorar la certificación ecológica, con grandes carencias hoy en día, mediante alternativas más democráticas y sostenibles, ya en marcha.
Estas medidas tienen como objetivo poder asegurar la seguridad y soberanía alimentarias, sobretodo en las zonas más deprimidas del planeta, y a la vez, contribuir a reforzar nuevos hábitos, ayudando a minimizar las desigualdades alimentarias globales. Todo esto, con capacidad de alimentar al mundo y produciendo para las necesidades reales de la gente, y no las del mercado, donde se especula tanto con el hambre como con la comida basura.


 




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AMPLIANDO DEBATE 21-03-2016 DOS GRADOS; ENTRANDO EN MODO PÁNICO

Un gustazo volver a participar en el programa Ampliando Debate, esta vez junto al geólogo Antonio Aretxabala y el experto en cambio climático Ferrán Puig Vilar, hablando sobre medio ambiente. Presentado por Jesús Nácher. Espero que lo disfrutéis.

http://www.ivoox.com/dos-grados-entrando-modo-panico-ampliando-audios-mp3_rf_10877942_1.html

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DULCES INTERESES AMARGAN NUESTRA SALUD

Reproduzco el artículo originalmente publicado en el Diario.es, espero que os resulte interesante;

En nuestra sociedad hemos asumido que el problema del sobrepeso y la obesidad ha alcanzado el rango de epidemia, siendo su incidencia más del doble que en los años 80.
Pero estamos viendo como nos acercamos a otra epidemia muy relacionada con la primera; la de la diabetes tipo 2.
En las últimas, semanas estamos asistiendo a un aluvión de noticias en prensa y programas de televisión relacionados con esta nueva amenaza para la salud pública.
Y es que los datos son alarmantes; en EEUU la diabetes tipo 2 afectaba a un 3% de los niños y ahora se sitúa en un 45%.   de entre todos los nuevos casos diagnosticados. En España también estamos viendo como esta enfermedad se ve cada vez más en niños, sobre todo obesos, algo casi inédito en el pasado.

Según el consenso científico, el origen de estas dolencias parece estar en los malos hábitos alimentarios, donde sobresale el elevado consumo de azúcar añadido, tal y como recogen las últimas recomendaciones de la OMS al respecto.
No sólo se lo relaciona con diabetes tipo 2, sino también con mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y mayor mortalidad, afectando a la presión y las grasas en sangre. Más en concreto, se ha visto que la ganancia de peso está relacionada con el consumo elevado de refrescos azucarados.

Un refresco de cola llega a tener 36 gramos de azúcar y una bebida energética puede llegar hasta los 80 gramos, mientras que las recomendaciones oficiales hablan de no superar los 25 gramos diarios para mejorar la salud. Actualmente en España se superan los 100 gramos diarios de media,más de cuatro veces por encima de las recomendaciones.
Recientemente ha salido a la luz un estudio revelando que una reducción del 10 % en el precio de frutas, verduras y cereales, junto a un aumento del 10 % en los refrescos con azúcar, evitaría 500.000 muertes en 20 años.

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También se relaciona el consumo excesivo de azúcar con algunos tipos de cáncer (fuente; Cancer Research UK)

En México, uno de los pocos países en el mundo donde han adoptado un impuesto especial para estas bebidas, han conseguido disminuir sus ventas y recaudar 1.900 millones de dólares y ahora la sociedad civil pide que se aumente del 6% al 20%, la misma cifra que pide la sanidad inglesa, ante una tasa de obesidad del 25%.
Hace unos años el parlamento catalán quiso gravar con un nuevo impuesto a este tipo de bebidas pero el embajador estadounidense amenazó con desinversión empresarial y fue suficiente para que al final no se presentase dicho impuesto, dejando a un lado las consideraciones de salud pública.

El año pasado se destapó que Coca-cola financiaba estudios “científicos” para restar importancia a las consecuencias de una excesiva ingesta de azúcar añadido, y desviar la atención hacia la actividad física (una condición indispensables pero no suficiente).

Una investigación señaló en 2014 que las conclusiones de los trabajos que analizaban la relación entre consumo de refrescos y aumento de peso eran muy diferentes en función de si se habían financiado o no por compañías del sector.

Por su parte, Consejo Internacional de Asociaciones de Bebidas (ICBA), rechaza las recomendaciones de la OMS, aduciendo que “no existe una base científica para el tratamiento de los azúcares libres de manera diferente que los azúcares intrínsecos.”
Es decir, equiparan los azúcares añadidos en un refresco, con los intrínsecos de una pieza de fruta, por ejemplo, algo completamente disparatado.
El equivalente español a la ICBA,  la Asociación Nacional de Fabricantes de Bebidas Refrescantes (Anfabra) que representa a la patronal del sector, indica a través de su presidente Josep Puxeu, que el “azúcar no es el nuevo tabaco”, indignándose al oír hablar de aplicar impuestos a estas bebidas, porque es algo “opcional”.

Mucho ojo con pensar que al escoger la versión, “light”, “diet” o “zero”, nos estamos librando de los efectos perjudiciales del azúcar añadido, ya que los últimos estudios indican que no es así. Se está viendo que los edulcorantes artificiales sin calorías contribuyen a la ganancia de peso por mecanismos neurológicos de recompensa, “despistan a nuestro organismo” produciendo desajustes hormonales al dar la señal de dulzor a nuestro cuerpo pero sin aportar azúcar ni calorías. También se les relaciona con intolerancia a la glucosa al alterar nuestra microbiota (bacterias de nuestro intestino) de forma perjudicial.

Campaña de VSF-Justicia Alimentaria Global para reducir el consumo de azúcar a 25 gramos diarios;

La falta de voluntad política para atajar esta situación en nuestro país es clamorosa, con casos de puertas giratorias entre la administración y las empresas del sector o sociedades vinculadas a éstas y legislaciones hechas al gusto de los intereses de la industria.

El propio Josep Puxeu, presidente de Anfabra, fue secretario de Estado de Medio Rural y Agua con el PSOE hasta 2011, después de haber sido también Secretario General de Agricultura y Alimentación  y Director General de Política Alimentaria, pasando,por tanto, de defender los intereses de todos sobre la alimentación y el agua, a defender a capa y espada los intereses de la patronal del refresco.

Otro ejemplo, muy recurrente en lo medios de comunicación, es el de la Dra. Gómez Candela, jefa de Sección de la Unidad de Nutrición Clínica y Dietética del Hospital Universitario de La Paz y miembro del Comité Científico del Instituto de Estudios del Azúcar y la Remolacha (IEDAR), que, como no, tiene una opinión distinta  ala expuesta en este artículo sobre la responsabilidad del azúcar en las enfermedades crónicas descritas.

Pero no es el único caso, la antigua directora de la Agencia española de seguridad alimentaria (AECOSAN) durante el mandato de la ex-ministra de Sanidad del PP, Ana Mato, era, ni más ni menos, que directora científica de Coca-cola España
Algo que levantó ampollas en el organismo de seguridad alimentaria de la UE, la EFSA, temiendo conflictos de interés durante su gestión.

Es la  agencia española de seguridad alimentaria, AECOSAN, dependiente del Ministerio de Sanidad, la que ha lanzado en los últimos años toda una batería de planes y estrategias financiadas con el dinero de todos y cuyo objetivo final no es en realidad proteger la salud pública, sino lavarle la cara a la comida basura de la industria alimentaria.

Algunos ejemplos serían; la estrategia NAOS, para sensibilizar a la población sobre el problema que representa la obesidad para la salud e impulsar iniciativas para promover hábitos saludables.
Pues bien, el año pasado en la VII edición de los premios que esta estrategia reparte entre organizaciones y empresas, el galardonado fue Gallina Blanca, una de las principales empresas del sector de la comida precocinada.

Tenemos también el Plan Havisa, un entramado de agencias de publicidad, medios de comunicación y empresas del sector alimentario que, junto a AECOSAN (Ministerio de Sanidad) han acordado añadir mensajes para promocionar hábitos saludables en la publicidad; básicamente actividad física y mensajes ambiguos en letra minúscula sobre el faldón del anuncio televisivo, no se tocan temas sobre calidad nutricional o sobre sus ingredientes. Eso si, la marca que sea se ha ganado el logotipo del Ministerio de Sanidad en su publicidad.

Por último, el código PAOS, un código de autorregulación en la publicidad de productos alimentarios dirigidos a menores, también promovido por AECOSAN, en el que las empresas son las que deciden cómo regular su propia publicidad, es de libre adhesión, se incumple impunemente de forma sistemática y no recoge las recomendaciones de la OMS sobre publicidad alimentaria dirigida a niños.
También podríamos hablar de los múltiples lazos de sociedades médicas, nutricionales y científicas con la industria alimentaria, pero no tendría fin el artículo. De hecho, la prestigiosa revista científica BMJ (British Medical Journal) ha publicado un informe que detalla estos vergonzosos acuerdos en nuestro país.

Cabe destacar que el denominador común y el mayor factor de riesgo de estas enfermedades es la desigualdad socioeconómica y el entorno obesogénico. Por ello, mientras no se garantice una información oficial fiable e independiente, tal y como pide la actual directora de la OMS, mientras no se acabe con este entorno obesogénico, las grandes desigualdades socioeconómicas, invertir más en  prevención y no permitir que los productos alimenticios más insanos sean cada vez más baratos y los más saludables cada vez más caros, no se está en condiciones de elegir o no libremente los hábitos saludables.
La realidad es que el estudio ALADINO publicó que en 2013 el 43% de la infancia española presentaba sobrepeso (24.6%) u obesidad (18.5%). Casi uno de cada dos.

Asociaciones de consumidores, la Organización Mundial de la Salud, pediatras y sociólogos exigen un cambio de normativa publicitaria.
La OMS señala que cerca del 50% de los anuncios de comida en televisión, a los que los niños se exponen, promocionan productos ricos en grasas, azúcares y sal.
Habría que ir más allá del impuesto y complementarlo prohibiendo (si, prohibiendo totalmente) la publicidad de productos insanos dirigidos a niños en todos sus formatos (TV, Web, carteles, paquetes de productos, etc) e incluso se podría proponer un cartel en el envase advirtiendo de los daños a la salud y el medioambiente para desincentivar su consumo de forma masiva.
La Academia Americana de Pediatría indica que “existe suficiente evidencia para desterrar la publicidad de comida basura o comida rápida de la programación televisiva infantil”.
En 
Inglaterra o México, con tasas de obesidad escandalosas, han prohibido totalmente la publicidad de comida basura en horario infantil.
¿Acaso están permitidos los anuncios de alcohol o tabaco a menores? ¿Hay motivos para distinguirlos de la comida basura? La ciencia dice que no.

 

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ALIMENTOS SANOS Y FUNCIONALES, ¿SALUD O NEGOCIO?

A continuación reproduzco el post publicado esta semana en el blog Autonomía y Buenvivir, espero que os resulte interesante;

Cuando entramos a un supermercado sentimos un bombardeo tremendo y constante de reclamos y anuncios en los envases sobre las múltiples cualidades y efectos sobre la salud de los productos alimenticios.
También la publicidad en prensa y televisión realiza la misma función, intentando atraernos hacia estos productos haciéndonos pensar que ganamos en salud.

Vamos a ver que hay detrás de estos mensajes y si realmente nos ofrecen lo que prometen.

Los alimentos funcionales son aquellos alimentos convencionales a los que se reduce, modifica añade algún nutriente (fibra, vitaminas, minerales, ácidos grasos,antioxidantes etc.) con el fin de mejorar la salud o prevenir el riesgo de contraer alguna enfermedad. Estos alimentos realizan reclamos de salud específicos (ayuda a tus defensas o regula el colesterol) que deben demostrar ante la EFSA, el organismo regulador alimentario europeo, aunque la regulación es bastante laxa y se rodea con mensajes ambiguos como explica este curioso post de Mi dieta Cojea.
Los alimentos “saludables” o “sanos” serían los que presentan algún reclamo nutricional específico (rico en fibra, sin azúcar,bajo en grasa,etc.) todos también regulados con cantidades específicas pero también con “trucos”.Por ejemplo; no es lo mismo “sin azúcar” (menos de 0,5 gr. por cada 100 gr.) que bajo en azúcar (25% menos de azúcar que la versión convencional).Exactamente igual para el caso de “sin grasa” y “bajo en grasa”.Tampoco es lo mismo “sin sal” (menos de 5 miligramos de sal) que “reducido en sal” (25% menos) que “bajo en sodio” (menos de 140 mg. De sodio). Recordemos que no toda las sales de estos productos tienen sodio, ni todo el sodio procede de la sal (sacarina sódica por ejemplo) y la sal se calcula sumando todo el sodio multiplicado por 2,5.Es decir, un galimatías para aquel que busca incorporar menos sal en su dieta.
Recordemos que suplementar en exceso la dieta con algunas vitaminas, minerales o ácidos grasos, como el omega-3, no tienen los mismo efectos beneficiosos que cuando se encuentran incluidos en los alimentos de forma natural, e incluso pueden aumentar el riesgo de enfermedad y muerte, como demuestran los últimos estudios al respecto;

Suplementos multivitamínicos a diario y riesgo de mortalidad, cáncer o cardiovascular.  

Suplementos de minerales, vitaminas y multivitamínicos y riesgo de cáncer y cardiovascular.

Suplementos de antioxidantes y mortalidad

Veamos algunos ejemplos prácticos,tanto de alimentos funcionales como los que se presentan como saludables;

Activia, el famoso yogur que utiliza ese tipo de reclamos que “rodean” la normativa de los reclamos saludables con el famoseo hablando de “barrigas felices” o “digestión que no se nota”, no se dice nada concreto sobre la salud, son mensajes ambiguos por los que no hay nada que reclamar, pero si inducen a pensar que existen efectos adicionales y beneficiosos.

 La realidad es que la EFSA ha certificado que las Bifidobacterias que ofrece este productono tiene ningún beneficioso adicional sobre la salud en comparación a las bacterias habituales del yogur convencional. Eso si, todas sus variedades, que no son pocas ya que diversificar el producto hasta el infinito forma parte también muchas veces de las estrategias de marketing, tienen demasiado azúcar (algo a tener en cuenta si recuerdas este post), espesantes y casi nada de fruta, con la excepción de la variedad que recojo en la foto, que es normal, sin azúcar y natural. El tema es que, a efectos de salud es igual que uno convencional natural sin azúcar, sólo que hasta un 70% más caro porque si.

Patatas fritas con aceite de oliva; aparecen aceitunas en el paquete y se anuncia a bombo y platillo pero si miramos en los ingredientes seguramente tenga sólo un chorrito y sea sólo un % muy pequeño y usen aceite de girasol o de palma con peor calidad nutricional y mayor impacto medioambiental También suelen indicar “sin colesterol” en una bolsa de patatas, cuando sólo los alimentos de origen animal lo contienen, por tanto no tiene sentido pero sirve como reclamo saludable, cuando en realidad es un producto altamente calórico (y no precisamente el tipo de calorías más saludable como podrían ser las nueces) y que, por tanto, hay que consumir con mesura.

Como curiosidad, Lays junta a decenas de científicos, psicólogos y expertos en marketing con un presupuesto de millones de dólares para estudiar como hacer irresistibles sus patatas. Así que no te sientas culpable si empiezas a comer patatas y no paras hasta que se acabe la bolsa, han invertido mucho para que así sea. Lo mejor es no acudir habitualmente a estos productos, por salud y por no servir de rata de laboratorio humana.

Los zumos industriales no equivalen a comer una pieza de fruta, ni siquiera un zumo natural ya que pierde fibra, cambia la estructura del alimento y se dan mayores picos de insulina al estar más concentrados los azúcares. Los zumos procedentes de fruta concentrada, llenos de azúcar y con casi nada de fruta o el néctar de frutas (50% de agua con azúcar) no son por tanto opciones saludables y menos si está dirigido a niños, como el de la foto, donde se resalta que son “frutiguays”.
Vemos en la siguiente imagen que no son tan guays y que su primer ingrediente es agua (recordemos que los ingredientes aparecen ordenados según la cantidad que tengan en el producto) y el segundo es zumo a partir de concentrado, además de azúcar y espesantes.

 

Los famosos esteroles vegetales o fitoesteroles que se añaden a yogures, margarinas, galletas, etc. ofrecen esta molécula de origen vegetal para que compita en absorción con el colesterol de origen animal y que así no ingiramos mucho a través de la dieta.

El problema es que el colesterol simple que ingerimos por la dieta ya no es el principal indicador de salud cardiovascular, sino el estrés oxidativo, moléculas pro-inflamatorias o el equilibrio y cantidades de los distintos tipos de colesterol bueno y malo (HDL y LDL) que depende de muchos otros factores como los tipos de grasas que se consuman habitualmente (mejor frutos secos y aceite de oliva), cantidad de azúcares libres y harinas refinadas, consumo de frutas y verduras o la actividad física.

En cuanto a los esteroles vegetales, dependiendo de quien financie el estudio tenemos unas conclusiones u otras. De tal forma si consultamos este estudio, financiado por Unilever, uno de los grandes del sector, y que tiene en el mercado una margarina enriquecida con esteroles, los resultados son magníficos. Sin embargo, cuando se han evaluado los riesgos cardiovasculares de altas concentraciones de estos fito-esteroles en sangre los resultados indican que no se puede descartar un mayor riesgo por ateroscleroris.
Los fitoesteroles pueden además reducir la absorción de algunas vitaminas (carotenoides, A, D, E, K)
Estas sustancias se encuentran en pequeñas cantidades, junto con otros muchas sustancias beneficiosas, en frutos secos, en algunos aceites vegetales, en semillas, frutas y verduras. Da la casualidad de que son justo los alimentos indicados para reducir el riesgo cardiovascular.

Así que, por mucho que nos lo recomienden actores o entrenadores de fútbol, es mejor acudir a los alimentos y no a los productos que pretenden sustituirlos,no vaya a ser que en este caso encima nos salga el tiro por la culata.

El Actimel al que ahora añaden ginseng y un formato de aspecto espacial para llamar más la atención. Si nos fijamos en la imagen, vemos que en el paquete se indica que “ayuda a las defensas” y en este caso está justificado y aprobado por el organismo regulador que se realice dicho reclamo de salud.

 

Lo que ocurre en este caso, el efecto beneficioso no se debe al famoso L Casei que ellos patentan, sino a que le añaden una pequeña cantidad de vitamina B6 (con ponerle un 15% de la ingesta diaria recomendada ya vale) que si tiene un efecto positivo comprobado sobre la salud, al contrario que los L Casei que no aportan ningún beneficio adicional.
A ojos del consumidor el reclamo es la bacteria que han promocionado tantos años, y se piensa que el efecto beneficioso sobre la salud es exclusivo, mostrándolo en el anuncio como algo casi indispensable para la salud de tus hijos.
En este caso, comiendo una plátano de tamaño normal tenemos un aporte de B6 más de tres veces superior al que nos aporta una botellita de Actimel, además de todas las demás sustancias que contiene (fibra, vitaminas, minerales) y mucho más barato. Información detallada en este magnífico post.

En cuanto a los alimentos enriquecidos con fibra, vemos que hay opciones que en vez de usar harinas integrales, usan harinas refinadas y luego le añaden algo de salvado (cascarilla del cereal) al producto final y esto no es lo mismo nutricionalmente que un producto integral. No contiene el germen, con todos sus minerales, vitaminas, aceites y antioxidantes.Es más costoso producir harinas refinadas, pero a la larga es más barato para la industria ya que se conservan mejor y por más tiempo al no enranciarse los ácidos grasos del germen ya que se ha descartado.Antiguamente sólo las clases altas comían productos con harinas refinadas y ahora se está dando la vuelta a la tortilla y son las capas más altas socio-económicamente las que van incorporando cada vez más los cereales integrales ya que se ha comprobado que, además de aportar más vitaminas y minerales que sus versiones refinadas, según un estudio reciente, también reducen la mortalidad, y el azúcar en sangre, previenen enfermedades intestinales y cardiovasculares y tienen un gran efecto saciante ayudando a no ganar peso.Las recomendaciones de la ADA (American Dietetic Asociation) indican que para un adulto, la ingesta de fibra ha de ser al menos de 14 gr. por cada 1.000 calorías, es decir 28 gr. de fibra por cada 2.000 calorías. Y la normativa actual permite poner rico en fibra con 5 gramos de fibra por cada 100 gramos de producto.

Veamos algunos ejemplos;

En el paquete de las galletas Digestive se indica que es “fuente de fibra” y “sin azúcar”, por lo que podríamos pensar que es un producto saludable.
En realidad, no está hecho con harina integral sino refinada y luego le añaden algo de salvado, tal y como indican los ingredientes, además de tres edulcorantes y mucha grasa, incluyendo la de palma. Es también un producto altamente calórico llegando a tener más calorías que los donuts de chocolate (abajo), como muestra la imagen.

Hemos comentado que no todas las calorías son iguales, dependiendo de su procedencia, pero en este caso, precisamente de las menos recomendables.

Tenemos otro ejemplo, las galletas Flora, que indican en el paquete que ayudan a “cuidar el corazón” y una cantidad importante de fibra.

Cuando nos fijamos en los ingredientes de este producto supuestamente saludable, vemos que de nuevo no se usa harina integral, sino que se añade salvado después. Pero además, en este caso, lleva una cantidad enorme de azúcar, igual que los donuts de chocolate, algo que no ayuda precisamente a cuidar el corazón, y casi las mismas calorías.

En el caso de los cereales de desayuno, tenemos que en este ejemplo si están hechos con harina integral, aunque no todo, también hay refinadas, pero el problema en este caso, radica en la enorme cantidad y variedad de azúcares simples que contiene, es bastante calórico. Y eso en un producto que indica “fitness” en la caja y se supone, dirigido a gente deportista y con hábitos saludables.

 

Veamos ahora un Fiambre de York que no es lo mismo que el jamón de york, ya que en el caso del fiambre, se añaden más cosas a parte de la carne de cerdo, como por ejemplo, proteína de soja, féculas o almidones, que retienen agua y aumentan el peso final del producto. Esto quiere decir, que al peso, no estamos pagando sólo por carne.

Es curioso además, como se usa el reclamo de “sin gluten” en el paquete cuando lo obligatorio es que se indique cuando está, en lugar de cuando no está. Esto les sirve como reclamo publicitario y crea confusión entre los celíacos. No tiene sentido que se avise que no hay gluten en productos de origen animal, cuando el gluten se encuentra solamente en unos pocos cereales.

Tampoco es lo mismo el queso que la grasa vegetal o el helado a base de esta grasa y azúcar (¿dónde está el helado?); ojo con las que aparecen en el etiquetado como grasas hidrogenadas o parcialmente hidrogenadas, unas grasa prefabricada que interesan bastante a la industria pero que es nociva para la salud; son las grasas trans.La legislación española no obliga a poner la cantidad de grasa trans, muy nocivas para la salud cardiovascular, entre otros efectos negativos.
En otros países se las está desterrando,tanto de la industria alimentaria, como de la restauración colectiva, como en Dinamarca o EEUU.Vemos como en un paquete de salchichas, un producto de los llamados superfluos ya que nutricionalmente no es muy interesante. Anuncia que es “fuente de fósforo”, algo que no tiene mucho sentido cuando se ha comprobado que nuestra dieta actual tiene un exceso de fósforo ya que está incluido en muchos aditivos, entre otros factores, y su exceso puede tener un efecto perjudicial en el organismo, al descalcificar los huesos.

 

Tenemos también el caso de los Kekos de Bimbo, cuyo reclamo en la página web, como la merienda saludable, provocó que se le denunciase ante el organismo de autorregulación publicitaria de alimentos dirigida a niños.El caso es que como es un código de autorregulación (la industria se regula a si misma) hecho a gusto de la industria, con participación de empresas publicitarias y el Ministerio de Sanidad (conocido como código PAOS), de libre adhesión y que incumple lasrecomendaciones de la OMS, al no hablar de la calidad nutricional de los alimentos.
Al ser un código de libre adhesión, lo que hizo Bimbo fue salirse de dicho código de autorregulación, y es que este código (que no es una ley, al contrario que en otros países) esuna cortina de humo para que pensemos que se hace algo para proteger a los niños de la publicidad de alimentos insanos. Ocurre que el grado de incumplimiento de este código es tremendamente alto, tanto entre las empresas adheridas como las que no lo están, y las sanciones o no existen o son anecdóticas.Ocurre que este producto tiene un 21% de azúcar, cuando la OMS recomienda no publicitar alimentos con más de un 10% de azúcar. De hecho, el primer ingrediente es el azúcar, cuando normalmente, en la mayoría de las galletas o bollos el primer ingrediente suele ser la harina.Los estudios han demostrado que la publicidad de productos alimenticios insanos dirigidos a la población infantil tienen un impacto directo en el desarrollo de sobrepeso y obesidad, e influye claramente a la hora de acudir y reclamar este tipo de productos.

Por último voy a hacer referencia al caso más polémico del pasado 2015, se trata de lasgalletas Dinosaurio, ya que aparece en el paquete y en el anuncio de televisión, una etiqueta que reza “entidad colaboradora con la Asociación Española de Pediatría” y son unas galletas con un 21% de azúcar (recordemos que los donuts de chocolate tenían un 19%). Contiene también grasa de palma y harina refinada, añadiendo después el salvado.
En la práctica, aunque esta asociación de pediatras lo niegue, esto supone avalar este producto, ya que es difícil, por simple sentido común, que los padres o madres que vean el sello de esta asociación médica lleguen a pensar que se pueda tratar de un producto insano.
Este caso fue recogido en prensa y radio, donde el nutricionista Julio Basulto lo denunció, entre muchos otros.

 

Visto lo visto, queda claro que no “hay que comer de todo” como suele decirse, sino escoger alimentos saludables y frescos, huir de los procesados y, siempre que se tenga tiempo, mirar bien las etiquetas.
Y sino se dispone de tiempo escoger los productos que menos ingredientes tengan en el etiquetado.
No acudir al supermercado con hambre o sueño ya que se realizan elecciones más viscerales e impulsivas, y si es posible acudir mejor al mercado tradicional, a los grupos de consumo y cooperativas de venta directa, que además de una mayor sosteniblidad, ofrecen mayor diversidad de alimentos, lo cual enriquece nuestra cultura culinaria y nos anima a cocina y comer saludable (en el súper suele haber sólo un tipo de calabacín, cuando hay bastantes más,por poner un ejemplo).

 Para regular, o prohibir la publicidad de productos insanos (sobretodo los dirigida a niños), se hace necesario un organismo público y verdaderamente independiente, ya que,según la experiencia de los últimos años, no podemos dejar en manos de la industria el control de sus propios anuncios.

Incidir en una legislación más realista sobre los reclamos de salud o nutricionales, enseñar asignaturas sobre alimentación saludable en los planes de estudio para poder acceder a la información del etiquetado en plena libertad, no como ahora, e implementar medidas, como en otros países,para restringir el consumo de alimentos insanos (impuestos a bebidas azucaradas,o la etiqueta semáforo, por ejemplo, aunque sea mejorable).
Actualmente en España, casi uno de cada dos niños sufre de sobrepeso u obesidad.Un 26% de los varones y el 24% de las niñas tienen sobrepeso, frente al 23% de niños y 21% de las niñas de promedio en los países de la OCDE. Y la obesidad infantil se sitúa en el 18,3% (15,5% niñas y 20,9 los niños), según datos del Ministerio de Sanidad
Invertir más en prevención nutricional dentro del gasto sanitario, cosa que apenas se hace (no llega al 3% del gasto sanitario).

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CHARLA-DEBATE SOBRE ALIMENTACIÓN SALUDABLE Y SOSTENIBLE

Un placer haber participado en La Morada de Madrid la tarde del pasado 23 de Febrero hablando sobre alimentación. Gracias a los asistentes por su cálida acogida e interés. Si no pudiste ir, aquí está el streaming con las diapositivas en los comentarios del vídeo;

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